
Síntomas de represión
Armando García
(armandogarcia31@hotmail.com )
Miguel de Arriba defendía a los de abajo. Asunto que siempre les
sacó escozor a los de arriba. Y no es que sus críticas fueran desmedidas y
groseras contra el madurato, como lo han presentado algunos comunicadores que
“abrevan”, cual ácaros sedientos, en la fuente de la abundancia matrera de los
neofascistas que hoy detentan el poder en Honduras.
Miguel de Arriba fue expulsado por el gobierno constitucional y “democrático”,
no porque fuera indeseable español; ni por vil corrupto; ni porque se le
conociera vinculación con el bandidaje y los ajusticiamientos extrajudiciales;
ni porque tuviera liga alguna con los quiebrabancos; ni porque fuera protegido
de los barones de la droga. Simplemente, se le expulsa porque decía la verdad,
sin tapujos y sin afeites, y eso, no podía ser tolerado por la pacotilla de
cerotolerantes.
La camarilla gobiernista no pudo con sus señalamientos que, con altura, dieron
certeramente en la llaga. La escalada contra él comenzó con vigilancia
permanente. Anónimas amenazas telefónicas. Después vinieron los “avisos” por
interpósitas manos.
Le colisionaron el carro. Seguidamente, no conformes con eso, se lo robaron. Y
todo quedó en la impunidad, a pesar de que Miguel de Arriba, ciudadano de España
y de Honduras, denunciara, en las instancias correspondientes del gobierno y de
derechos humanos, tales abusos.
A los corruptos y corruptores les duele oír la verdad. Miguel de Arriba
–ciudadano del mundo con trece años de vivir compartiendo nuestras angustias y
sinsabores– no podía vivir como si las cosas no le importaran. Dada su calidad
humana, puso su capacidad de análisis de solvente catedrático universitario para
clarificar los hechos políticos. Como persona auténtica, no pudo cerrar los ojos
ni los labios para convertirse en cómplice de la situación crítica que veía en
su entorno.
Su expulsión es un signo que debe ponernos en alerta: estamos a las puertas de
una escalada represiva de corte fascista. Que el madurato no nos venga con
cuentos de camino real de política migratoria. Son las patadas de ahogado del
que está con el agua al cuello.
Miguel de Arriba debe saber que el pueblo consciente de Honduras está con él. Le
agradece que haya hecho de esta tierra una segunda patria a la que dedicara –con
amor– su capacidad analítica.