La miseria y el derroche
Gautama Fonseca

Los hondureños carecemos hasta de lo indispensable para seguir viviendo. Por esto nuestros políticos nos han convertido en pordioseros. No hay puerta que no toquemos en demanda de un préstamo o de una limosna.

Por tal causa le debemos hasta a las once mil vírgenes y no tenemos posibilidad alguna de honrar nuestras obligaciones. No obstante, seguimos con las manos tendidas, implorantes, carentes de toda vergüenza, sin señal alguna de rubor.

Por lo anterior, también, Honduras se ha convertido en un exportador neto de seres humanos. Aquí nada alcanza sino para unos pocos. Para los que se han robado la dignidad del país. Para los que de cualquier manera han convertido en propiedad privada lo más valioso con que contamos, esto es, nuestras tierras, nuestras playas, nuestros bosques, las riquezas del suelo y del subsuelo. Tan sólo alcanza para los mareros de cuello blanco, para los quiebra bancos, para los que infaliblemente ganan las licitaciones que realiza la Secretaría de Salud Pública y otras dependencias del gobierno, para los que distribuyen drogas al por mayor ante los ojos de las autoridades y, a veces, con su colaboración.

Como la lista de nuestras calamidades es infinita, la dejamos de lado para ocuparnos de lo que queremos.

Pese a que nuestra pobreza es tan profunda, de cierto tiempo a esta parte quienes nos gobiernan tomaron la decisión de convertir en lodo centenares de millones de lempiras con el pretexto de evitar los daños que provocan las inundaciones anuales de los ríos Chamelecón y Ulúa en el Valle de Sula. Han hecho lo anterior, según dicen, para salvar la vida de los humillados que allá viven. Para evitar las cuantiosas pérdidas de bienes animados e inanimados con que allá contamos.

Dichas así las cosas, cualquiera piensa que se trata de una labor humanitaria, racional, digna de aplauso. Desgraciadamente, la realidad nada tiene que ver con esos sabios comportamientos.

La verdad es que el desperdicio que dejamos señalado sencillamente se explica por la imprevisión, por la indolencia y por la irresponsabilidad de quienes nos han gobernado en los últimos años, ya que aunque bien sabían cuál era la vida útil de la Represa Francisco Morazán y de los demás centros de generación de energía hidroeléctrica con que contamos, nada hicieron para evitar que se produjera el faltante que ahora padecemos. Si las correspondientes represas se hubieran hecho en la oportunidad debida, no habría sido necesario botar los centenares de millones de lempiras que hemos botado en el Valle de Sula, ya que las aguas de los dos ríos mencionados se habrían controlado en sus partes más altas, situadas todas ellas en el departamento de Santa Bárbara. El control de tales cursos de agua, además, habría servido para irrigar el Valle de Naco, para atender las necesidades que de aquel líquido tienen la ciudad de San Pedro Sula y las demás poblaciones de la zona y para que no se inundaran las enormes áreas del mencionado Valle que anualmente se inundan.

La culpa de esta horrenda realidad la tienen quienes elaboran y aprueban el Presupuesto General de Ingresos y Egresos, tanto a nivel del Poder Ejecutivo como del Congreso de la República pues, pese a los repetidos requerimientos de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica, siempre se negaron a incluir dentro del señalado Presupuesto las partidas necesarias para ejecutar las indicadas obras.

Por la razón indicada es que, pese a su extraordinaria importancia, el país no cuenta con los proyectos hidroeléctricos de Los Llanitos, El Cajón y El Jicatuyo, y por la misma causa es que, pese a nuestra miseria, se han convertido y se siguen convirtiendo en lodo centenares de millones de lempiras.

Para felicidad de los irresponsables, el nuestro es un país en el que a nadie se sanciona por los daños que ocasiona, no importa su magnitud.

Que viva el Partido Liberal! Que viva el Partido Nacional! Continuar votando por los causantes de estos desatinos es lo que salvará a la Nación!