19 de enero del 2003
Niños corteros, el otro rostro del café

Eva Muente
Redacción La Prensa
San Pedro Sula.

La lata amarrada en la cintura pesa. Pero pesa más el saco que carga Mauximino Cortez a las doce del mediodía.

Tiene doce años, a esa edad no se divierte con la pelota, tampoco conoce los videojuegos. Como decenas de niños en Honduras es un cortero de café.

Se levanta a las cinco de la madrugada y sus tareas son caminar en medio del frío e internarse en la finca donde, grano por grano, tendrá que recortar lo suficiente para ganarse ocho lempiras.

Los niños en las fincas cafetaleras han venido a suplir a una fuerza laboral ausente en las montañas.

Ellos sacan la producción de café, a su corta edad saben lo que es trabajar. Cada uno tiene una historia, pero casi todas son iguales. Trabajan por dinero y más por ayudar a sus familias a mantenerse en medio de la recesión económica.

Aprovechan el espacio de la cosecha para guardar recursos en verano, cuando los granos de están verdes y cortarlos no sirve de nada.

Mauximinio vive en San Andrés, Lempira, un pueblo fronterizo a El Salvador, se inició en la actividad de corte hace tres años.

Su padre José Santos Cortez es cortero hace 20 años y ahora acompañado de su hijo Mauximinio y su hija adolescente recogen, en una finca de Lepaera, al día unas ocho latas, es decir, cinco galones, con lo cual ganan 64 lempiras por día.

La necesidad

Maximilio Orellana, 10, trabaja en la finca de ese municipio, donde el frío ha alejado a los corteros y los niños trabajan en ese clima, con unas botas de hule, camisetas rasgadas y pantalones descoloridos.

Recoge en el día cuatro latas, gana 40 lempiras, cuando no tiene trabajo se dedica a las labores de cultivo de maíz y frijoles con su padre.

La oferta de mano laboral no tiene sexo, hombres y mujeres trabajan por igual. Aunque Reyna Idalia Vargas tiene un hijo de tres meses, se interna en las fincas mientras su hermano de ocho años carga en sus brazos al infante.

Anabel Castellanos es una universitaria que a las cinco de la tarde subía más de un kilómetro en la carretera que comunica a Santa Rosa de Copán con San Pedro Sula. Al cuidado de cuatro hermanos menores, regresaba cansada después de cortar café.

Aprovecha la cosecha para juntar dinero y ayudar a sus padres a pagar sus estudios. A diferencia de otros niños, ellos estudian.

Ellos son de los pocos que cursan la escuela, la mayoría de los corteros no pasan de tercer grado, dejan los estudios porque las necesidades familiares son tan fuertes que optan por el trabajo.

Unos 400 mil niños hondureños trabajan:

San Pedro Sula. En la capital industrial hay 21,646 niños que trabajan, de los cuales 3,970 estudian y trabajan, el resto 17,676 sólo trabaja, lo que significa que su condición no les permite entrar a la escuela. De esa población que trabaja, 11,894 son niños y 9,752 son niñas, y las edades de mayor incidencia son entre nueve y 18 años.

En los estudios del Instituto Nacional de Estadística se encontró que en las ciudades medianas 20,079 niños laboran, de las cuales 11, 025 son niñas entre los doce y los dieciocho años y 9,054 son varones entre los mismos rangos de edad.

Los resultados arrojan que en San Pedro Sula los años promedios de escolaridad son de 5.9 en la población infantil que sólo labora y en Tegucigalpa es igual. En la capital 39,657 niños trabajan, de los cuales 9,422 estudia, el resto 30,235 labora y no tienen acceso a la educación.