2004-05-10

Pobreza

 
. Sobre la pobreza se escriben anualmente montañas de informes, estadísticas, proyecciones, análisis, propuestas, ensayos; se realizan cumbres, foros, talleres y hasta campañas de concienciación; se dictan conferencias y hasta se firman compromisos entre países. Por lo general, lo que se escribe, se hace, se muestra o se firma, está a cargo de personas ajenas a la pobreza, desde cómodas oficinas o lujosos hoteles, con lo más novedoso de la tecnología a disposición y con prolongados intermedios para disfrutar de opíparos banquetes.

Incluso en países pobres, como el nuestro, donde la pobreza, la miseria y la indigencia pululan por doquier, hay quienes han convertido la lucha por los pobres en un cómodo modus vivendi, además de los políticos de oficio que mientras intentan llegar al poder levantan la bandera de los marginados, pero cuando alcanzan su meta, la guardan primorosamente para el próximo período electoral.

En Honduras, la pobreza extrema tiene muchas e impactantes manifestaciones, pero quizás las más patéticas sean las que se muestran en nuestras áreas rurales, no sólo porque se esconden entre la agreste geografía nacional sino porque esa pobreza es absoluta y totalmente carente de esperanzas.

Una muestra de ese tipo de pobreza lo vieron el sábado los lectores de EL HERALDO, en un impactante reportaje de la periodista Tania Nuila, quien se internó en las zonas más pobres del departamento de Lempira, donde, como sentenció uno de sus entrevistados, “sólo con Dios en el corazón se puede vivir (porque) esto cada día se pone más triste”.

Nuestro compatriota Manuel López confesó a la periodista Nuila que él debe ingeniárselas para sostener a los once integrantes de su familia con 10 lempiras o sea que sólo dispone de 90 centavos diarios para cada persona. A esos míseros ingresos debe agregarse que López y su familia no disponen de un centro médico cerca de su vivienda, aunque las condiciones en que viven sean causas de constantes enfermedades; ni de una escuela, que atienda las necesidades educativas de sus hijos y mucho menos de becas que cubran los gastos. Tampoco las ONGs llegan hasta esos recónditos lugares.

En las zonas rurales, donde no existen las grabadoras y las cámaras de vídeo sin las cuales no operan los altruistas por conveniencia, sólo los mecanismos de defensa guardados en los genes humanos permiten la supervivencia.

La sentencia del campesino Manuel López ilustra, dolorosamente, la desesperanza: “Yo ya ni me preocupo, que pase lo que tenga que pasar”.